
Hace una docena de años el gobierno británico puso en marcha un programa para impulsar el emprendizaje en todo Gran Bretaña, debido al fuerte declive de la industria tradicional y al débil desarrollo de los nuevos sectores. Destinó para ello 50 millones de libras en cinco años, siendo la centenaria universidad de Oxford la que ejercía de punta de lanza del proyecto, aunque Cambridge también tenía un papel preponderante. Las metodologías a seguir provenían del MIT norteamericano, quien tutorizó el desarrollo de los diversos programas. Cuando sorprendido por la magnitud de la inversión visité el recién creado centro de emprendizaje de la moderna Saïd Business School de Oxford, era un proyecto embrionario que debía catalizar el tejido universitario británico. Hoy es una de las más boyantes realidades europeas en la materia, y cubre con gran éxito la mayoría de las áreas de nuevas tecnologías: bio’s, nano’s, materiales, etc.
Pero aún así, estos días ha salido de nuevo la polémica en el parlamento británico: el 20% de los mejores alumnos egresados el último curso 08/09 de las carreras técnicas y científicas de ambas universidades, han sido captados por entidades financieras de la City londinense. A los bancos, los fondos de inversión y las compañías financieras les importa más el talento, el método y la disciplina de trabajo que aportan los brillantes jóvenes, que su escaso conocimiento del mundo financiero. Los responsables de personal que los seleccionan piensan que esas materias las aprenderán con rapidez, si tienen la otra base... Algunos parlamentarios hubiesen preferido ver el aporte de esos jóvenes talentosos en la ingeniería real, no en la financiera.
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